Unos leves pinchazos en
el antebrazo le despertaron. Se había dormido apoyando la cabeza
sobre la muñeca y ahora se le había entumecido. Resopló algo
molesto y comprobó la hora en el reloj de pulsera que reposaba en la
mesilla de noche. No eran más de las tres y diez de la tarde. El
camarote temblaba de manera uniforme y la luz pasaba por los bordes
de las cortinillas.