Cerré el libro por la
página 60, dejando un billete usado del metro de Barcelona como
punto. Me entraron unas ganas terribles de encender un cigarrillo,
pero no encontré ninguno. Me levanté de la silla y empecé a dar
vueltas a la habitación, apartando unos calcetines sucios con el
pie. Una rara sensación parecida al hastío me recorría el estómago. De pronto me fijé en una fotografía medio escondida en mi
estantería, junto a un libro de poemas de Kerouac y una lata de
gasolina para el zippo.