lunes, 20 de enero de 2014

Un lazo azul

Cerré el libro por la página 60, dejando un billete usado del metro de Barcelona como punto. Me entraron unas ganas terribles de encender un cigarrillo, pero no encontré ninguno. Me levanté de la silla y empecé a dar vueltas a la habitación, apartando unos calcetines sucios con el pie. Una rara sensación parecida al hastío me recorría el estómago. De pronto me fijé en una fotografía medio escondida en mi estantería, junto a un libro de poemas de Kerouac y una lata de gasolina para el zippo.


Era una foto con mis hermanos, tomada en el 2004. Cielos, hacía siglos que no reparaba en esa foto. V sujetaba a C (que debía tener poco más de un año) sobre las rodillas, y M miraba fijamente a la cámara con un radiante y enorme lazo azul claro en el pelo. Estaba tan morena que parecía una gitanita. Yo sonreía con cara de pillo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Cogí la foto y le limpié el polvo del cristal con la manga del jersey. Luego la volví a colocar en su sitio, sonreí y salí del cuarto, dejando la puerta entornada.
Me pasé una mano por el pelo mientras me desperezaba y volví a entrar en la casa. El extractor estaba encendido; encontré a mamá friendo unas salchichas mientras comprobaba el contenido humeante de una olla. Sin mirarme me dijo “Acércame la pimienta, haz el favor. ¿Limpiaste el barro de las botas? No quiero encontrarme el pasillo lleno de manchas... Además esta tarde viene H y tengo que llamar a Z...” -Le pasé la pimienta. “Gracias. Pues resulta que el padre de H ha sufrido un ataque y lo tienen en la clínica y claro, la pobre está preocupadísima...”. Me volví en silencio y salí disimuladamente por la puerta, mientras mamá sacaba las salchichas de la sartén. Era sábado.

J. B.