Las faldas largas al estilo hippie son mi perdición. Me cercioré ayer por la tarde,tras una esquina. Fue sólo un momento, pero bastó para dejarme totalmente anonadado. Volvía del supermercado notablemente molesto por haber tenido que pagar dos céntimos por la bolsa de plástico. Y de pronto la vi.
Se abrieron los cielos, fue un destello de colores explosivos, unos segundos de gracia celestial suficientes para vislumbrar un pedazo del paraíso. Y me quedé ahí plantado como un alcornoque, sin poder dar crédito a lo que habían visto mis ojos.
Un skater a doscientos kilómetros por hora que pasó a unos tres centímetros de mi cogote me sacó de mi ensueño, pero el éxtasis aún no se había disipado del todo. Tras los segundos que hicieron falta para espabilarme, me dirigí tímidamente hacia la esquina y me asomé, esperando el milagro. Pero (¡oh, desgracia!) no, no estaba ahí. La falda de esa seda digna de las diosas olímpicas había desaparecido, al compás de unas caderas que ni la mismísima Bar Refaeli. Se había diluido, anónima, entre la muchedumbre y no había esperanza.
Volvió a llover. Mi gozo en un pozo. Suspirando desolado di la vuelta y, con las manos en los bolsillos, emprendí el terrible camino de vuelta a casa, cabizbajo y cejijunto, lamentándome por la crueldad del destino y al mismo tiempo dando -a regañadientes- gracias a Dios por ese irónico guiño de esperanza a mi penosa existencia.
Empecé a meditar acerca de lo injusto que era para un tipo como yo, con lo mucho que ofrecía al mundo, que no le fuera permitido gozar de unos segundos más con la contemplación estética del balancear de esa tela ligera cual gasa , del vaivén de esas caderas que, sin lugar a dudas, debían ser oriundas, como mínimo, de una exótica isla caribeña o, a lo sumo, del barrio de Barañáin. Confundido por la obvia ceguera de la Fortuna, que premia a los mediocres y a los heroicos nos mandaba a freír espárragos, resolví finalmente que ésa, probablemente había sido una prueba de los dioses para cerciorarse de la valía de mi noble y férreo ánimo, que no había cedido a las desventuras de la vida y había salido airoso del conflicto.
Pero ese amago de euforia amainó pronto. Era tan sencillo como que la Musa había desaparecido.
Y punto.
Con un amargo regusto a derrota entré en casa y dejé caer la bolsa de las narices sobre la cama.
J. B
