Llega de la frutería tras un día tan tedioso como cualquier otro de
sus días. Cierra pesadamente la puerta del piso y se deja caer en el
sofá, soltando un leve suspiro de cansancio. Enciende la televisión,
se hace un moño de cualquier manera y se quita los feos zapatos de
trabajo. Nunca le han gustado sus pies, desde adolescente envidia a
las top-model, esas chicas perfectas de piernas kilométricas que
tienen la vida solucionada por tener buen tipo y una cara bonita:
ellas no tienen que pasarse el día cargando con cajas de manzanas.
Trabaja en esa frutería desde los quince años, y ahora, a los
veintidós, tiene que hacerse cargo del negocio familiar porque su
padre está jubilado y medio inválido, mientras el resto de chicas
de su edad han acabado sus estudios universitarios o viven del dinero
de sus papis, como su amiga Paula. Qué envidia le da todo el
mundo... Enciende un cigarrillo y se acurruca mejor en el sofá; en
la tele dan anuncios, pero no les presta la más mínima atención,
está concentrada en sus pies feos y en no ensuciar el sofá con la
ceniza del pitillo.
A sus veintidós años parece una mujer de casi cuarenta: le ha
podido la realidad, como a casi todo el mundo. Es una chica triste y
cansada, pero precisamente eso la hace más hermosa, aunque no se dé
ni cuenta...
La despierta el claxon de un coche: se ha quedado dormida y han dado
las ocho y cuarto. “¡Mierda, la lavadora!”. Chasquea la lengua,
molesta, y se levanta rápido a tender la ropa. La tele sigue
emitiendo destellos azulados al salón en penumbra.
Después de hacer la colada se da una ducha rápida, se enrolla la
toalla a la cabeza y se mira al espejo, probando sonrisas. “Esta
noche vas a comerte el mundo, querida”, se dice. “Hoy arrasarás
y los conquistarás a todos. Estás guapísima”. Suena Ingrid
Michaelson a todo volumen en la radio: “I just wanna be ok, be
ok, be ok...”.
Se le ha ocurrido una idea genial, y sonríe, contenta. Coge el
teléfono y marca un número. Unos segundos después contesta una voz
femenina “¿Diga?”. Carraspea y entonces exclama “Paula,
salgamos esta noche. Estoy lista”.
J. B.
