Si hay algo que admiro especialmente en los filósofos es su personalidad, y Bertrand Russell era, sin lugar a dudas, un tipo carismático, amigo de las controversias y de las pipas Dunhill.
Russell era un hombre pacífico pero con la estocada siempre lista en la punta de la lengua, un hombre inquieto movido por tres nobles fuerzas: el ansia de amor, la búsqueda de conocimiento y la piedad por el sufrimiento humano. Y es que el ansia de amor y la búsqueda del conocimiento son los dos principales motivos por los que existe la filosofía, que es amor a la sabiduría. Parece que Russell comprendió a la perfección este binomio y lo asumió como propio. Hay una frase de Russell que me llamó especialmente la atención: “He deseado entender el corazón de los hombres”. Creo que esta noble aspiración dice mucho de un autor que se debatió entre el “cielo” del amor y el conocimiento y la “vuelta a la tierra” del sufrimiento.
Hace poco tuve la suerte de visitar el museo Guggenheim de Bilbao, y al leer el texto de Russell me vino a la cabeza, tras darle unas cuantas vueltas, la obra allí expuesta de un artista brasileño, Ernesto Neto, que precisamente también tenía algo que decir acerca de los límites de las cosas. Para Russell la cosa está muy clara: mientras que las palabras son vagas, las cosas son como son. El problema de las palabras es que nunca pueden decir con exactitud nada de las cosas. En ese sentido señala nuestro querido filósofo que las palabras “se vuelven cuestionables dentro de una penumbra”, a las palabras las envuelve un borde difuminado que las hace vagas. Algo similar intentaba mostrar Ernesto Neto en su exposición, donde explicaba que los bordes no son algo firme y diferenciado. El artista nos quería mostrar que los límites son elásticos. “Es decir, vagos”, se me ocurrió.
Pensé que era algo similar a lo que pretendió mostrar en su día Russell, y me pareció razonable.
Fue una muestra de cómo el ser humano puede acercarse a la verdad por diversos caminos, por el arte y por la filosofía, y decir prácticamente lo mismo. Tanto para Russell como para Neto, los bordes se mueven en una cierta “penumbra”, en una “elasticidad” permeable.
Bertrand Russell, en su artículo, afirma también que las proposiciones se tornan vagas cuando
pueden construirse en la práctica, es decir, cuando hablamos de representación. (Tampoco hemos de perder de vista que la vaguedad es algo gradual, y esto es de cajón: es imposible hablar de una vaguedad exacta, sería como hablar de una “sólida elasticidad”). Esto no pasa en la lógica pura (en una supuesta lógica pura) porque ésta trabaja con términos exactos y unívocos. Me llamó la atención cómo identificó Russell la lógica con el paraíso. Para él el cielo es el lugar de la no-confusión, un lugar donde todo tendría su significado exacto. Para hablar de esto también es clave entender qué significa significar, puesto que en el cielo de Russell consistiría en una relación bidireccional entre sujeto-objeto, cuando de hecho se trata de una relación multidireccional, de lo que el propio Russell se da cuenta. Algo parecido pasa con el artista brasileño: para él el mundo no es un conjunto de realidades independientes, sino más bien un tejido que lo comprende todo, un tejido donde cada realidad está inter-penetrada por otras realidades que a su vez están también conectadas con otras.
Tampoco hay que identificar totalmente a Russell y a Neto. Es obvio que hablan a diferentes niveles: mientras que Russell está intentando mostrar su concepción intelectual/filosófica del mundo, Neto trata de expresar su propia visión artística, que además tiene la característica de ser una visión muy naturalista, muy biológica. Neto habla de la vida y Russell de las palabras, Neto es artista y Russell filósofo, pero a fin de cuentas llegan a conclusiones similares, salvando las diferencias.
Dicho todo, creo que pretender una univocidad absoluta del lenguaje sería empobrecerlo, quitarle sentido a esa capacidad del ser humano que es otorgar significados y “convertir en símbolo todo lo que toca” (como dice Cassirer).
Si las palabras fueran totalmente exactas, ese cielo del que habla Russell sería un cielo frío y rectilíneo. El mundo nos sobrepasa y las palabras se nos quedan cortas, por eso necesitamos abrirles los límites y volverlas elásticas. Si las palabras fueran exactas, la literatura perdería sentido, la poesía se quedaría en paro (más incluso que hoy en día), y el arte sería una pérdida de tiempo.
Ciertamente, la gracia de todo esto reside en la propia vaguedad, en ese contorno difuminado y plástico que envuelve el mundo y que nos da qué pensar. El hombre trata de alcanzar el mundo, la vaguedad convierte ese mundo en un reto, difuminando sus contornos. La gracia está, insisto, en que el lenguaje se nos hace insuficiente para abarcar el mundo y eso nos sirve de aliciente para seguir buscando, porque en definitiva eso es lo que hacen los buenos filósofos: buscar, buscar y buscar sin encontrar algo definitivo. En palabras del propio Russell: “Carecer de alguna de las cosas que uno desea es condición indispensable de la felicidad”.
J. B.
