Estaba en mi cuarto, sentado en una silla giratoria de Ikea frente a
un ejemplar del Gran Gatsby en inglés del que no conseguía
pasar de la segunda página, cuando escuché la risa sonora,
estridente y contagiosa de un niño. Dando una vuelta a la silla con
un preciso y estudiado movimiento de caderas, miré por la ventana, y
prometo que la escena conmovería al mismísimo Clint Eastwood de
Gran Torino. O por lo menos a mi me conmovió. Un poco.
Resulta que había un niño, un renacuajo que no llegaría a las seis
primaveras, embutido en un anorak naranja butano que corría como un
loco tras una pelota de goma, de esas que venden en los quioscos
cercanos a la playa decoradas con motivos de spider-man. Y el niño
corría tras ella con una felicidad tan plena que se desbordaba por
todas las esquinas de la plaza. Y lo mejor de todo era cuando su
abuela (sí, su abuela) chutaba el balón para que el chaval fuese a
buscarlo. Entonces rompía a reír como si le hubieran contado el
chiste más gracioso del mundo, agarrándose la barriga con las dos
manos, y luego cogía aire como si saliera del agua tras haber
aguantado demasiado tiempo sin respirar. Se reía con la boca abierta
y los ojos cerrados, y de repente emprendía la carrera y se
precipitaba a por el balón a toda velocidad, pisando ruidosamente
con sus pies diminutos.
Me fijé en el perro que esperaba sentado, obediente, junto a la
abuela. Lo mejor de los perros es cuando ladean la cabeza si algo les
sorprende, sacando una lengua kilométrica. Y ese perro hacía justo
ese gesto cada vez que la abuela chutaba torpemente el balón:
ladeaba la cabeza como un resorte, moviendo las orejas largas y
dejando de mover el rabo de golpe.
Pero, sin duda, el protagonista de la tarde era el incansable niño,
que retaba a su abuela chutando el balón cada vez con más fuerza
(lo que me hizo temer, en más de un momento, que le estampase un
soberbio balonazo en la
cara). Podría pasarme el resto de mi vida contemplando una escena
como ésa, pero la abuela decidió que ya era la hora. Cogió al
pequeño con una mano y el balón con la otra, le cedió al nieto la
correa del perro y desaparecieron los tres por las callejuelas de
este silencioso barrio.
Y yo volví a dejarme caer en la silla, vencido. El Gran Gatsby
podía esperar.
J. B.