domingo, 9 de marzo de 2014

Pies diminutos

 Estaba en mi cuarto, sentado en una silla giratoria de Ikea frente a un ejemplar del Gran Gatsby en inglés del que no conseguía pasar de la segunda página, cuando escuché la risa sonora, estridente y contagiosa de un niño. Dando una vuelta a la silla con un preciso y estudiado movimiento de caderas, miré por la ventana, y prometo que la escena conmovería al mismísimo Clint Eastwood de Gran Torino. O por lo menos a mi me conmovió. Un poco.


Resulta que había un niño, un renacuajo que no llegaría a las seis primaveras, embutido en un anorak naranja butano que corría como un loco tras una pelota de goma, de esas que venden en los quioscos cercanos a la playa decoradas con motivos de spider-man. Y el niño corría tras ella con una felicidad tan plena que se desbordaba por todas las esquinas de la plaza. Y lo mejor de todo era cuando su abuela (sí, su abuela) chutaba el balón para que el chaval fuese a buscarlo. Entonces rompía a reír como si le hubieran contado el chiste más gracioso del mundo, agarrándose la barriga con las dos manos, y luego cogía aire como si saliera del agua tras haber aguantado demasiado tiempo sin respirar. Se reía con la boca abierta y los ojos cerrados, y de repente emprendía la carrera y se precipitaba a por el balón a toda velocidad, pisando ruidosamente con sus pies diminutos.


Me fijé en el perro que esperaba sentado, obediente, junto a la abuela. Lo mejor de los perros es cuando ladean la cabeza si algo les sorprende, sacando una lengua kilométrica. Y ese perro hacía justo ese gesto cada vez que la abuela chutaba torpemente el balón: ladeaba la cabeza como un resorte, moviendo las orejas largas y dejando de mover el rabo de golpe.

Pero, sin duda, el protagonista de la tarde era el incansable niño, que retaba a su abuela chutando el balón cada vez con más fuerza (lo que me hizo temer, en más de un momento, que le estampase un soberbio balonazo en la cara). Podría pasarme el resto de mi vida contemplando una escena como ésa, pero la abuela decidió que ya era la hora. Cogió al pequeño con una mano y el balón con la otra, le cedió al nieto la correa del perro y desaparecieron los tres por las callejuelas de este silencioso barrio.

Y yo volví a dejarme caer en la silla, vencido. El Gran Gatsby podía esperar.


J. B.