sábado, 15 de marzo de 2014

Pragmatismo y café

La globalización es un hecho. Y globalización significa, prácticamente, que un estornudo en
Valdepez de la Frontera puede convertirse, por arte de magia, en “trending topic” de Twitter.


Vivimos en una cultura de titulares, una cultura “democrática” (democracia entendida como un
foro de discusión en el que cada opinión es igual de respetable, seria y rigurosa) en la que todos opinamos de todo.

Hace poco escuché hablar sobre una encuesta realizada por una cadena televisiva acerca de la existencia del diablo. Al terminar, el presentador decidió que la existencia del diablo es falsa porque la mayoría de los ciudadanos de la encuesta dijeron no creer en él. Creo que este ejemplo habla por sí solo, aunque lo retomaremos más adelante.

Al leer el texto acerca del pragmatismo vulgar, nombre con el que se le etiqueta al pensamiento de Rorty (una etiqueta no muy agraciada, por cierto), no he podido evitar pensar en lo tremendamente banales que son las huellas que vamos dejando en la red. Y es que el problema no es la globalización en si, sino que reside en que uno pueda abrir Twitter a mediodía, encontrar un par de tweets sobre la guerra de Siria, retwittear una frase que le llame la atención, y a otra cosa mariposa; el titular “Siria es bombardeada por tropas x” se queda ahí, suspenso en la nada, olvidado bajo una aglomeración imparable y frenética de tweets superficiales y cínicos. Nunca había sido tan fácil e instantáneo compartir datos, imágenes, vídeo... Toda la información sobre la actualidad la tenemos a un “clic”, y nos quedamos en los titulares porque no tenemos tiempo. La globalización nos ha convertido en unos seres con prisa: caminamos por la calle con los auriculares en los oídos, sosteniendo un vaso de café para llevar (me encantaría escribir acerca de mi total y absoluto rechazo del café para llevar, pero eso nos desviaría un poco del tema y tengo que ceñirme a un limitado y estratégico espacio de ochocientas palabras) en una mano, y el smartphone en la otra, con una pose de “hombre ocupado” que nos aísla de cuanto pasa a nuestro alrededor.

En nuestra cultura todos opinamos de todo, lo cual no es malo per se; es más, considero que es un deber de toda persona interesarse por los temas de actualidad y comentarlos, fomentar el diálogo (o la discusión apasionada y visceral si se prefiere), y otra cosa muy distinta es el panorama que nos encontramos cuando encendemos la televisión a las cinco de la tarde: un grupo encolerizado de sujetos que discuten con toda su alma -y dejándose las cuerdas vocales en el empeño- sobre si a la boda de tal tuvo que ir invitado/a tal otro/a, o si el embarazo de Fulanita es un escándalo para Menganito. Y esto no pasa únicamente en televisión: pasa en todos los medios. Basta con abrir el diario “Marca” digital y leer los comentarios del foro. Reír por no llorar.

En el texto que comentamos se defiende un pragmatismo reformista que pretende llegar a la verdad de una manera honesta y teniendo en cuenta opiniones diversas a la propia y aceptando las críticas constructivas. En nuestro entorno se ha confundido esto con el pragmatismo vulgar: no existe una verdad, todas las opiniones son igualmente respetables y ciertas. Se siguen al pie de la letra los versos de Ramón de Campoamor: “En este mundo traidor/ nada es verdad ni mentira/ todo depende del color/ del cristal con que se mira”.

Entristece caer en la cuenta de que, como bien dice Jaime Nubiola en su texto, “hablar de la verdad, así sin adjetivos, o decir que quienes nos dedicamos a la filosofía buscamos la verdad comienza a ser considerado no sólo una ingenuidad, sino simplemente como algo de mal gusto”.

Parece que hay una conexión directa entre esa galopante globalización y la creciente desconfianza hacia la verdad, y el ejemplo de antes nos viene muy bien para ilustrarlo: la existencia del demonio. ¿Cómo es posible que se haya llegado a una conclusión así de tajante (“el demonio no existe porque lo dice la mayoría” o peor aún: “el diablo existe para algunos y no para otros”) siendo este un tema tan abrupto y complicado, que ha ocupado miles de páginas a todos los teólogos? El ejemplo parece muy banal pero deja al descubierto esta mentalidad superficial que reina en nuestro tiempo.

Vivimos en un mundo globalizado, y eso implica que exista el concepto café para llevar(Aprovecho unas líneas para apuntar e insistir en el por qué de mi intolerancia al café en vasos de cartón con una tapa de plástico agujereada que le sirven felizmente a uno en cualquier Starbucks). Considero contradictorios los términos “café” y “para llevar”. Desde siempre el café ha sido una excusa perfecta para reunirse varios (preferentemente en una cafetería, y sino en casa) para hablar.

La expresión “tomar un café” debería hacernos pensar en cualquier cosa menos en un vaso de
cartón con tapa: charlar con un viejo amigo, negociar un puesto de trabajo, sentarse tranquilamente en una terraza a leer el periódico, afrontar una larga noche de estudio... ¡incluso conquistar a una mujer! Pero no en un dichoso vaso de cartón con su tapa agujereada para llevar en la mano por una calle atestada de gente...

Hemos llegado al extremo de reírnos de aquellos que buscan de forma honesta la verdad, de quedarnos indiferentes ante los miles de titulares en forma de tweet que nos encontramos todos los días en Internet, de acoplar algo que tradicionalmente implicaba diálogo, socialización, tiempo... a las prisas del hombre del siglo XXI por llegar a la oficina. Esta cultura de lo rápido, de lo actual, de los valores en Bolsa, no es más que un aspecto de esa mentalidad que desconfía de la filosofía como búsqueda de una verdad desnuda.

Llegados a este punto, consideramos clave la postura del pluralismo, que en palabras de Nubiola, (explicando a Peirce), “viene a ser lograr una genuina forma de vida filosófica en la que se articulen la confianza en la capacidad de nuestra razón y el simultáneo reconocimiento de sus flaquezas y límites”, y que resulta un punto de apoyo esencial para la recuperación de esa filosofía primigenia de la que hablábamos más arriba: la búsqueda de la verdad en una integración de los saberes de tal forma que no sean excluyentes sino constructivos.

Admitir que la realidad nos supera es el primer paso para establecer el diálogo (con café incluido) con las otras ciencias y llegar a la verdad.



J. B.