Llevaba un par de horas encerrado en la biblioteca dándole vueltas al tema de este ensayo acerca
del prólogo de Wittgenstein a su “Tractatus” cuando he caído en la cuenta de que la parta más
importante de dicho prólogo eran las dos últimas frases, que Wittgenstein deja caer sutilmente.
Cuando las he vuelto a leer (“Soy por ello de la opinión de que, en lo esencial, he resuelto los
problemas de modo indiscutible. Y si no estoy equivocado en esto, la segunda cosa de valor que hay
en este trabajo consiste en mostrar cuán poco se ha conseguido una vez que estos problemas se han
resuelto”)*, me ha embargado una suerte de emoción parecida a la que siente el afortunado que
encuentra la figura del rey en un roscón de reyes.
Es cierto que a Wittgenstein se le critica por su especie de soberbia filosófica (por lo cual estoy de
acuerdo: él era ingeniero, no había estudiado filosofía, y por eso muchas de sus afirmaciones
resultan, cuanto menos, impertinentes o jactanciosas), por su convicción de haber solucionado los
problemas de la filosofía (qué iluso, podríamos pensar...), pero es que su momento de gloria no es
haber “resuelto los problemas de modo indiscutible”, sino el advertir que, en filosofía, si se ha
llegado al final, no se ha llegado a ninguna parte. Y por eso acaba el prólogo con una frase
aparentemente desalentadora que refleja eso mismo: que en filosofía, el solucionar definitivamente
los problemas es no haber solucionado nada, es haber perdido el tiempo miserablemente.
Wittgenstein necesita publicar su “Tractatus” para caer en la cuenta de que de poco sirve en esta
vida encontrar una solución definitiva, y por eso su actitud es doblemente loable: su aparente
“soberbia” es en el fondo una humildad tremenda, que nos deja ante un interrogante: si para tan
poco ha servido la investigación filosófica, entonces ¿para qué estamos aquí? ¿Para qué gastarnos
tantos ríos de tinta, tantas noches en vela, para qué tragarnos tantos manuales de filosofía medieval?
Pues precisamente para eso, para quedarnos con ganas de más, porque ahí reside el espíritu de la
verdadera filosofía; esa debería ser la actitud de todo aquél que se hace llamar “filósofo”: ese querer
atrapar la arena sabiendo que, antes o después, se nos va a escurrir por entre los dedos.
Y es maravilloso que sea así, insuficiente, interminable, como la arena de la playa.
Después de pensar esto me he dicho a mí mismo: “de acuerdo, es precioso eso de quedarnos con
ganas de más, pero ¿será verdad que mi carrera, estos cuatro años de mi vida en los que mis padres
están invirtiendo un considerable capital, va a dejarme, a fin de cuentas, en blanco?”. Pues la
respuesta es tajante y absoluta: sí. Por supuesto que sí. Y entonces me he reído de mí mismo:
“¿cómo vas a pretender, tú, mísero mortal, salir, (después de cuatro añitos) de la Universidad de
Navarra, “con las manos llenas” cuando tu principal objetivo era quedarte deslumbrado ante la
riqueza de este mundo en el que vivimos? ¿Cómo vas a salir con algo en las manos que no sea un
enorme vacío ansioso por ir llenándose, muy poco a poco, de conocimientos?”, y me he quedado
tan tranquilo. Necesitaba caer en la cuenta de que esta carrera no es como las demás, y me he
acordado de la famosa sentencia de nuestro filósofo-ingeniero: “En filosofía el ganador de la carrera
es aquél que sabe correr más lentamente; o el que llega último”.
Precisamente porque somos filósofos (pobres filósofos), debería encantarnos correr lentamente,
llegar los últimos, porque así demostraríamos que lo nuestro no son los cien metros lisos sino las
carreras de fondo, que requieren una preparación mucho más exhaustiva. Precisamente porque
somos filósofos debería encantarnos la idea de salir al mundo sin nada en las manos, preparados
para todo.
Al hilo de estas consideraciones también me he parado a pensar en el propio “Tractatus” y en la
tajante división que lleva a cabo Wittgenstein con la realidad: hay (y de hecho lo establece él
mismo) un límite en la expresión del pensamiento, y es el lenguaje. Y es que resulta que de lo que
podemos hablar, nos dice Wittgenstein que se puede hablar aún más claramente, pero “de lo que no
se puede hablar, hay que callar”.
Y uno se queda abrumado y atónito ante esta sentencia tan estricta: “de lo que no se puede hablar,
hay que callar”... Es difícil plasmar en el papel el tono de voz que se quiere utilizar en cada caso, así que voy a apuntar que prefiero repetir la frase en apenas un susurro, un hilo de voz, porque
así le damos más misterio al asunto.
Tal vez sea por lo que andábamos comentando más arriba, eso de que la filosofía siempre nos deja
con las ganas, por lo que Wittgenstein nos prohíbe hablar de “lo que no se puede hablar”, pero yo
creo que en el fondo se esconde un cierto temor a hablar sobre lo verdaderamente importante. En
este punto me veo con fuerzas para levantar tímidamente la mano y preguntarle al temible
Wittgenstein qué pasa con la metafísica, qué pasa con la ética, qué, con la estética. De acuerdo, él
entiende que hay asuntos inefables acerca de los cuales el ser humano es un torpe y no da pie con
bola, pero ¿es eso una excusa para dejar de buscar, de tratar de profundizar y hundirnos hasta las
rodillas, hasta el cuello, en los problemas filosóficos? Porque es cierto que nunca llegaremos a
soluciones definitivas, que nunca nos quedaremos con las manos llenas, pero en algo tiene que
consistir ser filósofo, y no creo que consista precisamente en quedarnos de brazos cruzados,
limitándonos a arquear los hombros y decir, satisfechos: “no, es que como no se puede hablar sobre
metafísica, prefiero pasar de largo”; no, definitivamente que hacer eso es renunciar a la filosofía.
Así que, por el momento, prefiero seguir dedicándome a tragar manuales interminables a pares, a
encerrarme horas y horas en la biblioteca para escribir ensayos de “mínimo ochocientas palabras”, a
estrujarme el cerebro tratando de solucionar esos tediosos ejercicios de lógica de primer orden.
Hasta que pasen esos cuatro añitos y, lanzado cruelmente al mercado laboral, comprenda con una
sonrisa radiante que mi vida no ha hecho más que empezar.
J. B.
* Ludwig Wittgenstein, prólogo al “Tractatus logico-philosophicus”, Viena, 1918
