Me
encontraba a medio camino entre Bilbao y Pamplona, en un autobús
destartalado que vibraba de forma preocupante cuando pasaba de los
noventa kilómetros por hora. A mi lado se sentaba una chica que
perdía todo su encanto al dormir con la boca abierta de par en par.
Las cortinillas no lograban tapar totalmente el intenso sol de las
cinco y media de la tarde, y yo me revolvía, incómodo, en mi sitio.
Nos
adelantó un camión de productos ultra-congelados. La situación
empezaba a ser alarmane.
A la
chica de mi lado, que aplastaba grotescamente la cara contra el
cristal de la ventanilla y se le caía el tirante de la camiseta, la
iluminó de pronto un rayo de sol. Fue cuando me fijé en ella y en
que el volumen de la música de sus auriculares estaba
suficientemente alto como para distinguir la música que escuchaba. Y
la distinguí netamente y sin ninguna duda: era “It's only
love”.
A
partir de aquél momento el resto del mundo, el camión de productos
ultra-congelados, los noventa kilómetros por hora al borde del
colapso, quedaron sumidos en una espesa niebla que los difuminaban
por completo y que centraba mi atención en ella, la chica que dormía
con la boca abierta y las piernas cruzadas, la chica a la que se le
caía el tirante derecho y que aplastaba la nariz contra la ventana,
la chica que escuchaba los Beatles.
Iban
pasando los minutos y mi alegría iba subiendo como el valor de las
acciones de bolsa de Nueva York el miércoles 23 de octubre de 1929.
Y
entonces despertó. Desconcertada y un poco avergonzada, miró a su
alrededor, colocándose el tirante de la camiseta y quitándose las
gafas de sol. Yo disimulé y comencé a mirar distraídamente el feo
paisaje de un polígono industrial del que no conocía el paradero.
Eran cerca de las ocho de la tarde, y el bus continuaba con su ritmo
de tortuga, vibrando regularmente y con el aire acondicionado al
tope.
Se
desesperezó disimuladamente y, para mi asombro, me miró fijamente
por unos instantes, clavándome una mirada no se si cínica o
seductora. Enrojecí como un tomate, sin saber dónde meterme. Luego
apagó el ipod y se lo guardó en el bolso, agitando la melena
y mirando en dirección contraria.
Diez
minutos después me vi solo en la calle, con una maleta y la huella
de los ojos misteriosos de esa chica que escuchaba a los Beatles
mientras dormía.
J. B.