viernes, 14 de marzo de 2014

La chica que escuchaba los Beatles

Me encontraba a medio camino entre Bilbao y Pamplona, en un autobús destartalado que vibraba de forma preocupante cuando pasaba de los noventa kilómetros por hora. A mi lado se sentaba una chica que perdía todo su encanto al dormir con la boca abierta de par en par. Las cortinillas no lograban tapar totalmente el intenso sol de las cinco y media de la tarde, y yo me revolvía, incómodo, en mi sitio.

Nos adelantó un camión de productos ultra-congelados. La situación empezaba a ser alarmane.

A la chica de mi lado, que aplastaba grotescamente la cara contra el cristal de la ventanilla y se le caía el tirante de la camiseta, la iluminó de pronto un rayo de sol. Fue cuando me fijé en ella y en que el volumen de la música de sus auriculares estaba suficientemente alto como para distinguir la música que escuchaba. Y la distinguí netamente y sin ninguna duda: era “It's only love”.


A partir de aquél momento el resto del mundo, el camión de productos ultra-congelados, los noventa kilómetros por hora al borde del colapso, quedaron sumidos en una espesa niebla que los difuminaban por completo y que centraba mi atención en ella, la chica que dormía con la boca abierta y las piernas cruzadas, la chica a la que se le caía el tirante derecho y que aplastaba la nariz contra la ventana, la chica que escuchaba los Beatles.

Iban pasando los minutos y mi alegría iba subiendo como el valor de las acciones de bolsa de Nueva York el miércoles 23 de octubre de 1929.


Y entonces despertó. Desconcertada y un poco avergonzada, miró a su alrededor, colocándose el tirante de la camiseta y quitándose las gafas de sol. Yo disimulé y comencé a mirar distraídamente el feo paisaje de un polígono industrial del que no conocía el paradero. Eran cerca de las ocho de la tarde, y el bus continuaba con su ritmo de tortuga, vibrando regularmente y con el aire acondicionado al tope.

Se desesperezó disimuladamente y, para mi asombro, me miró fijamente por unos instantes, clavándome una mirada no se si cínica o seductora. Enrojecí como un tomate, sin saber dónde meterme. Luego apagó el ipod y se lo guardó en el bolso, agitando la melena y mirando en dirección contraria.

Diez minutos después me vi solo en la calle, con una maleta y la huella de los ojos misteriosos de esa chica que escuchaba a los Beatles mientras dormía.


J. B.