Unos leves pinchazos en
el antebrazo le despertaron. Se había dormido apoyando la cabeza
sobre la muñeca y ahora se le había entumecido. Resopló algo
molesto y comprobó la hora en el reloj de pulsera que reposaba en la
mesilla de noche. No eran más de las tres y diez de la tarde. El
camarote temblaba de manera uniforme y la luz pasaba por los bordes
de las cortinillas.
Se relajó de nuevo, esta vez con los brazos cruzados sobre el pecho. Los hechos se habían sucedido con rapidez esa mañana: se había despedido de su familia, había abrazado a su abuelo, quizás por última vez, había pasado el control del puerto y ahora se encontraba a decenas de kilómetros de casa. Los recuerdos se le agolpaban, desordenados, en la memoria. Sumido en esa semioscuridad del camarote, cerró los ojos fuertemente para retener algún pensamiento en claro; a su abuelo le temblaba la voz. Se despidieron con rapidez; sus hermanas salieron también tan deprisa por la puerta... El padre, diciendo adiós al otro lado del control de aduanas. Y ahora enmedio del mar, deslizándose rodeado de azul y de gris. Soplaba una brisa fresca, dejó caer la colilla al suelo de la cubierta 8. Los marineros hablaban a grandes voces, pisando fuertemente con sus botas de trabajo. La luz que se colaba por la ventana le iluminaba, delicada, la manga derecha del jersey. Imaginó su situación durante un naufragio: las damas, los ancianos y los niños, primero. Histeria, sirenas, gente corriendo. Un eco profundo y metálico surgiendo desde las tripas de ese gigante de acero. Y ese pensamiento daba lugar a otro... Llegada al puerto, besos de bienvenida. Maletas. Tenia que darse prisa para no perder el tren, arrastrar el equipaje por esa ciudad de masas... Justo entonces unos gritos infantiles seguidos de un jaleo de pasos que retumbaban en el pasillo le sacaron de su ensueño. La luz era más tenue. Se incorporó y se pasó la mano por el pelo despeinado.
Se relajó de nuevo, esta vez con los brazos cruzados sobre el pecho. Los hechos se habían sucedido con rapidez esa mañana: se había despedido de su familia, había abrazado a su abuelo, quizás por última vez, había pasado el control del puerto y ahora se encontraba a decenas de kilómetros de casa. Los recuerdos se le agolpaban, desordenados, en la memoria. Sumido en esa semioscuridad del camarote, cerró los ojos fuertemente para retener algún pensamiento en claro; a su abuelo le temblaba la voz. Se despidieron con rapidez; sus hermanas salieron también tan deprisa por la puerta... El padre, diciendo adiós al otro lado del control de aduanas. Y ahora enmedio del mar, deslizándose rodeado de azul y de gris. Soplaba una brisa fresca, dejó caer la colilla al suelo de la cubierta 8. Los marineros hablaban a grandes voces, pisando fuertemente con sus botas de trabajo. La luz que se colaba por la ventana le iluminaba, delicada, la manga derecha del jersey. Imaginó su situación durante un naufragio: las damas, los ancianos y los niños, primero. Histeria, sirenas, gente corriendo. Un eco profundo y metálico surgiendo desde las tripas de ese gigante de acero. Y ese pensamiento daba lugar a otro... Llegada al puerto, besos de bienvenida. Maletas. Tenia que darse prisa para no perder el tren, arrastrar el equipaje por esa ciudad de masas... Justo entonces unos gritos infantiles seguidos de un jaleo de pasos que retumbaban en el pasillo le sacaron de su ensueño. La luz era más tenue. Se incorporó y se pasó la mano por el pelo despeinado.
J. B.
