viernes, 11 de abril de 2014

Torre de marfil

Nos habla Quine de un posible alejamiento por parte de la filosofía al hombre corriente, lo cual nos hace pensar, inevitablemente, en el rechazo a este complejo de superioridad (que padecemos muchas veces los filósofos) que mantiene Wittgenstein cuando plantea a sus alumnos para qué le sirve a uno la filosofía si luego no es capaz de aplicarla a lo cotidiano. Realmente nos encontramos cara a cara con este problema cuando advertimos que, para los ciudadanos de a pie, la filosofía resulta algo tremendamente lejano, abstracto, que es inútil para la vida cotidiana, que no se lleva a la práctica.



Si lo observamos con profundidad, el problema puede dividirse en dos apartados. Por un lado, ¿es realmente útil la filosofía? ¿Es correcto el enfoque de la utilidad para abordar la cuestión de la filosofía hoy? Y por otro lado, ¿es cierto ese distanciamiento que se pretende de los filósofos hacia el resto de los mortales? ¿Vivimos los filósofos en nuestra torre de marfil?

Atendiendo a la primera parte de la cuestión considero, siguiendo un apunte de la profesora J.Urabayen, que la pregunta no debería ser "para qué" sino "por qué". Y es que el saber filosófico no es un conocimiento pragmático, de lo útil. Los filósofos no buscamos ningún beneficio fáctico con nuestra actividad intelectual. Es cierto que con el desarrollo de las ideas puede llevarse a cabo una praxis, de lo que se encargan de analizar, por otro lado, las distintas ramas de la filosofía práctica (por ejemplo la filosofía moral, la filosofía política, etc...), pero el germen original del pensar filosófico es una contemplación del mundo, una aproximación al misterio de la existencia. Nos enseña Aristóteles que lo que nos mueve a filosofar es la admiración, y que a partir de ahí desarrollamos el pensamiento, no con la intención de producir algo "útil" sino para captar la realidad, para comprenderla, para comprendernos. La filosofía es amor a la sabiduría, no un sistema de producción, y ahí puede radicar uno de los errores de la filosofía moderna.

Por otra parte, es común imaginarse al filósofo como alguien despegado de la realidad, cegado por sus problemas demasiado abstractos, capaz de caerse al pozo por andar contemplando las estrellas. Personalmente, no considero un defecto andar contemplando el cielo, despegado de lo mundano y trascendiendo lo puramente productivo. De hecho, sería un motivo de orgullo poder decir que soy un hombre despistado, desapegado de lo material y preocupado por lo verdaderamente trascendente.

Pero esa imagen del filósofo como una especie de místico arrebatado por lo absoluto es utópica. Ya nos gustaría poder vivir sin Whatsapp, sin teléfono móvil, sin ibuprofenos. Pero no es así, y por eso es preciso adaptarse al espíritu de los tiempos. Aplicando las palabras del Papa Francisco: "necesitamos santos que beban coca-cola", nos podemos hacer a la idea de que necesitamos filósofos que usen las redes sociales. "Ser del mundo sin ser mundanos", como afirma el Sumo Pontífice.



Siguiendo con el texto de Quine, considero que podemos proponer una crítica a su visión del filósofo como un científico, su concepción de que filosofía y arte, filosofía y literatura, son enemigos irreconciliables, que el arte y la literatura son irrelevantes. Su error nace, claramente, de las ideas del Círculo de Viena, que proponen poner la filosofía al nivel de la ciencia empírica, alejándola de las otras vías de acercamiento a la verdad.

Quine se olvida de que además del lenguaje técnico de la filosofía académica o "de despacho" existen, además, esas otras vías que él califica con desdén "literatura". Resulta que esa "literatura" que Quine considera interesante pero poco rigurosa ha llegado más lejos de lo que él sospecha.

Por citar unos cuantos ejemplos, empezamos nada más y nada menos que con el Poema de la Naturaleza de Parménides o los díálogos de Platón, pasando por el carácter poético de toda la obra de Nietzsche, la poesía filosófica de los románticos Hölderlin y Novalis, las novelas de Goethe y Hermann Hesse, el teatro de Albert Camus o Gabriel Marcel, hasta la abrumadora obra de Borges, de Salinger, y algunas obras del mismísimo Heidegger. Todos ellos tienen algo que decir acerca de los misterios que atañen al hombre, todos ellos nos proponen caminos para llegar a lo más profundo de la existencia humana.




Es un error menospreciar la literatura como vía para desarrollar el pensamiento, y este puñado de ejemplos da testimonio de ello. De hecho, la poesía parece ser el recurso preferido para los místicos de todas las religiones, y tal vez sea porque lo inefable no puede quedar reducido a un ensayo.