lunes, 7 de abril de 2014

Quisiera ser ese envoltorio

 Subí al avión con ciertos aires de grandeza, sintiéndome casi el amo y señor de los aeropuertos. Coloqué despreocupado y casi con desdén la maleta en el portaequipajes que cerró, con un seco “click”, el asistente de vuelo (vulgarmente conocido como azafato).

Poco después me encontraba en la pista de despegue acelerando a más de trescientos kilómetros por hora, entre una mujer asustadiza que se santiguó sin parar hasta que el avión se estabilizó, ya en el aire, y un hombre joven, en chándal, totalmente alucinado. Le miré con una cierta dosis de paternalismo. Recuerdo que no soltó su botellín de agua en todo el trayecto, mientras miraba estupefacto por la ventanilla.
Intenté zambullirme del todo en la lectura de mi libro, pero no lograba concentrarme, y gran parte de la culpa la tenía la señora de al lado porque, como me percaté apenas se sentó a mi lado, estaba dotada de unos enormes, abundantes, inabarcables senos. Y yo no podía dejar de admirarlos por el rabillo del ojo, quedándome casi sin respiración. Tal era el influjo de ese par de maravillas de la naturaleza.
En un punto impreciso entre Valencia y Logroño, a unos cinco mil metros de altura, tenía la sensación de que todo, absolutamente todo lo que pasaba a mi alrededor era totalmente importante y trascendente para el transcurso y desarrollo de mi paso por este mundo, todo tenía que ver con alguna de mis anteriores reencarnaciones y se me revelaba ahora, claro y deslumbrante, bien en forma de esas magníficas ubres, bien en forma del catálogo de los snacks que servían en el avión o del envoltorio de un bombón “Mozart” que reposaba, ajeno a todo, bajo mi asiento (esos típicos bombones austriacos con licor que siempre he detestado), que el avión en el que viajaba era más que un simple medio de transporte, que el botellín de agua era más que un botellín, el azafato, más que un azafato.
Los enormes pechos de esa mujer rebotaron, generosos, al primer contacto de las ruedas del avión con el asfalto de la pista de aterrizaje. Mi otro compañero continuaba absorto su contemplación de lo que sucedía tras su ventanilla, sin dejar de agarrar el botellín. Luego se dio la vuelta y me miró con el entusiasmo de un niño pequeño, como diciendo “qué divertido ha sido esto, ¡repitamos!”. Yo le devolví una leve y condescendiente sonrisa, concediéndole el favor de poder compartir su alegría conmigo.
Minutos después salí del avión, con la chaqueta bajo el brazo y las axilas algo más húmedas de lo habitual.
Y mientras tanto, el feliz envoltorio del bombón “Mozart” seguía ahí, como un guiño, bajo el asiento.
Y yo deseando con todas mis fuerzas ser ese envoltorio.


J. B.