Subí al avión con ciertos aires de grandeza, sintiéndome casi el
amo y señor de los aeropuertos. Coloqué despreocupado y casi con
desdén la maleta en el portaequipajes que cerró, con un seco
“click”, el asistente de vuelo (vulgarmente conocido como
azafato).
Poco después me encontraba en la
pista de despegue acelerando a más de trescientos kilómetros por
hora, entre una mujer asustadiza que se santiguó sin parar hasta que
el avión se estabilizó, ya en el aire, y un hombre joven, en chándal, totalmente alucinado. Le miré con una cierta dosis de
paternalismo. Recuerdo que no soltó su botellín de agua en todo el
trayecto, mientras miraba estupefacto por la ventanilla.
Intenté zambullirme del todo en la
lectura de mi libro, pero no lograba concentrarme, y gran parte de la
culpa la tenía la señora de al lado porque, como me percaté apenas
se sentó a mi lado, estaba dotada de unos enormes, abundantes,
inabarcables senos. Y yo no podía dejar de admirarlos por el rabillo
del ojo, quedándome casi sin respiración. Tal era el influjo de ese
par de maravillas de la naturaleza.
En un punto impreciso entre Valencia
y Logroño, a unos cinco mil metros de altura, tenía la sensación
de que todo, absolutamente todo lo que pasaba a mi alrededor era
totalmente importante y trascendente para el transcurso y desarrollo
de mi paso por este mundo, todo tenía que ver con alguna de mis
anteriores reencarnaciones y se me revelaba ahora, claro y
deslumbrante, bien en forma de esas magníficas ubres, bien en forma
del catálogo de los snacks
que servían en el avión o del envoltorio de un bombón “Mozart”
que reposaba, ajeno a todo, bajo mi asiento (esos típicos bombones
austriacos con licor que siempre he detestado), que el avión en el
que viajaba era más que un simple medio de transporte, que el
botellín de agua era más que un botellín,
el azafato, más que un azafato.
Los enormes pechos de esa mujer
rebotaron, generosos, al primer contacto de las ruedas del avión con
el asfalto de la pista de aterrizaje. Mi otro compañero continuaba
absorto su contemplación de lo que sucedía tras su ventanilla, sin
dejar de agarrar el botellín. Luego se dio la
vuelta y me miró con el entusiasmo de un niño pequeño, como
diciendo “qué divertido ha sido esto, ¡repitamos!”. Yo le
devolví una leve y condescendiente sonrisa, concediéndole el favor
de poder compartir su alegría conmigo.
Minutos después salí del avión, con la chaqueta bajo el brazo y las axilas
algo más húmedas de lo habitual.
Y mientras tanto, el feliz envoltorio
del bombón “Mozart” seguía ahí, como un guiño, bajo el
asiento.
Y yo deseando con todas mis fuerzas ser ese envoltorio.
J. B.
