Comenzaba
a agobiarse en aquél bar de copas repleto de estudiantes de segundo.
Paseó la mirada una vez más por el cada-vez-más-horrible local de
paredes empapeladas de color rosa, y el panorama seguía siendo el
mismo: chicas rubias y muy chic que no se habían quitado la bufanda
a pesar de la potente calefacción y que daban breves sorbitos a la
pajita
de sus gin-tonics, los
chicos que las acompañaban con aires de arrogancia y horrorosos
tupés engominados hablando a grandes voces, el cristal de la ventana
empañado por el calor humano.
Mary-Lou se revolvió incómoda en su silla al darse cuenta de lo poco disimulado que había sido su exhaustivo control, y se ruborizó por unos instantes, bajando la mirada. Al hacerlo se dio cuenta de que tenía una diminuta mancha de barro en la bota izquierda, y no pudo evitar un leve bufido de fastidio. Jerry llevaba unos minutos dándose cuenta de que su chica no estaba a gusto, y trató de romper el hielo: “Hoy llevas un suéter precioso, Lou, te queda de fábula el cuello alto”. Le sonrió por encima de su vaso de whisky con soda. “En realidad es un jersey muy normal, lo he llevado ya no se cuántas veces, pero gracias, cielo. Tú también estás muy guapo”. Mary-Lou lamentó el comentario enseguida, pero no dijo nada y se limitó a sonreír levemente a Jerry. Pocos segundos después añadió “No hace falta que me acompañes luego a casa, cariño, puedo coger la línea 7. Es que empiezo a encontrarme mal y no quiero que cargues conmigo toda la noche”. Jerry arqueó las cejas, mientras daba un trago. “¿Qué dices, mi amor? Si me viene de paso acompañarte. Además, hoy no hace tanto frío como ayer... ¿Qué te pasa? ¿Tienes fiebre, te duele el estómago? A lo mejor ha sido la cena... Ya decía yo que la carne estaba poco hecha...” “No es nada de eso, Jerry, es simplemente que me encuentro mal. Y este calor asqueroso no me ayuda nada”, interrumpió Mary-Lou, soltando la mano del estupefacto Jerry. (Empezaba a demostrar su mal humor). Cogió una servilleta y se secó unas imaginarias gotas de sudor de la frente. “¿Podemos irnos ya o tienes que acabarte la cosa esa?”, preguntó con cierta desazón, señalando con un gesto el whisky con soda. “Podemos irnos, tranquila”. Jerry se levantó con gesto sombrío y pagó las dos consumiciones (Mary-Lou había pedido una coca-cola). Se colocó la bufanda y regresó a la mesa donde le esperaba su novia. “Vamos, ya he pagado”. M-Lou se levantó sin dar las gracias y se dirigió a la puerta haciendo caso omiso del brazo que le ofrecía Jerry. Ya afuera se encendió un cigarrillo, y tras expirar la segunda calada insistió: “De verdad que no hace falta que me acompañes a casa, puedo ir sola. Es más, me apetece ir sola”. Encogiéndose de hombros y con el pitillo en los labios, Jerry asintió. “Como quieras”. Acto seguido le dio un beso rápido en la mejilla a la chica y dio media vuelta, alejándose cabizbajo y con las manos en los bolsillos. Cuando se sentó en el autobús, M-Lou lloraba desconsolada.
Mary-Lou se revolvió incómoda en su silla al darse cuenta de lo poco disimulado que había sido su exhaustivo control, y se ruborizó por unos instantes, bajando la mirada. Al hacerlo se dio cuenta de que tenía una diminuta mancha de barro en la bota izquierda, y no pudo evitar un leve bufido de fastidio. Jerry llevaba unos minutos dándose cuenta de que su chica no estaba a gusto, y trató de romper el hielo: “Hoy llevas un suéter precioso, Lou, te queda de fábula el cuello alto”. Le sonrió por encima de su vaso de whisky con soda. “En realidad es un jersey muy normal, lo he llevado ya no se cuántas veces, pero gracias, cielo. Tú también estás muy guapo”. Mary-Lou lamentó el comentario enseguida, pero no dijo nada y se limitó a sonreír levemente a Jerry. Pocos segundos después añadió “No hace falta que me acompañes luego a casa, cariño, puedo coger la línea 7. Es que empiezo a encontrarme mal y no quiero que cargues conmigo toda la noche”. Jerry arqueó las cejas, mientras daba un trago. “¿Qué dices, mi amor? Si me viene de paso acompañarte. Además, hoy no hace tanto frío como ayer... ¿Qué te pasa? ¿Tienes fiebre, te duele el estómago? A lo mejor ha sido la cena... Ya decía yo que la carne estaba poco hecha...” “No es nada de eso, Jerry, es simplemente que me encuentro mal. Y este calor asqueroso no me ayuda nada”, interrumpió Mary-Lou, soltando la mano del estupefacto Jerry. (Empezaba a demostrar su mal humor). Cogió una servilleta y se secó unas imaginarias gotas de sudor de la frente. “¿Podemos irnos ya o tienes que acabarte la cosa esa?”, preguntó con cierta desazón, señalando con un gesto el whisky con soda. “Podemos irnos, tranquila”. Jerry se levantó con gesto sombrío y pagó las dos consumiciones (Mary-Lou había pedido una coca-cola). Se colocó la bufanda y regresó a la mesa donde le esperaba su novia. “Vamos, ya he pagado”. M-Lou se levantó sin dar las gracias y se dirigió a la puerta haciendo caso omiso del brazo que le ofrecía Jerry. Ya afuera se encendió un cigarrillo, y tras expirar la segunda calada insistió: “De verdad que no hace falta que me acompañes a casa, puedo ir sola. Es más, me apetece ir sola”. Encogiéndose de hombros y con el pitillo en los labios, Jerry asintió. “Como quieras”. Acto seguido le dio un beso rápido en la mejilla a la chica y dio media vuelta, alejándose cabizbajo y con las manos en los bolsillos. Cuando se sentó en el autobús, M-Lou lloraba desconsolada.
J. B.